Cuando un artista reconoce el papel de la acción dentro de su proceso creativo y nos lo hace saber significativamente a través de su trabajo, quizá por convención, asociamos el carácter activo de la propuesta con la performance más tradicional.

Sin embargo no todos los proyectos que contemplan las acciones intrínsecas a su producción artística apuntan hacia una exploración del cuerpo como un medio plástico, a la par de herramientas como el pincel o el instrumento musical. Ocasionalmente, las acciones realizadas dentro del campo del arte de acción distan de tener una condición performática en el sentido propio del fenómeno, se enmarcan más bien en acciones que se formulan desde la experiencia misma, de manera presentativa y no representacional.

Quizá una de las posturas más complejas y nutritivas para la reflexión sobre el potencial que precede al arte de acción la planteó el dramaturgo y director escénico francés Antonin Artaud. La postura de Artaud sobre la realidad, vertida a lo largo de textos como El teatro y su doble y El teatro de la crueldad, encamina al teatro –la actuación, la acción en esencia– por un camino re-presentativo: la constitución de una realidad en sí misma, distante de prejuicios morales y esquemas de pensamiento basados en el lenguaje, dibuja un horizonte de posibilidades en torno a la capacidad del actor para constituir el espacio, plantear un contexto a partir de su condición humana en movimiento. No se trata de recrear un mundo, pues crear un mundo es el objetivo en esta modalidad del accionar.

Pensando propiamente en el campo del arte contemporáneo, el camino por el que nos pueden conducir las ideas de Artaud respecto a una realidad per se no implican una abstracción total de nuestro contexto inmediato: la praxis del arte  de acción, conlleva a una recombinación significativa de ciertas circunstancias subjetivas, sociales o políticas, con el fin de presentar una alternativa tangible, formalizada en algún tipo de experiencia más allá de una simple narrativa. En el momento en que se vuelve perceptible el resultado de la acción detonada, mantiene una correspondencia con el mundo, pero dentro de su estructura significativa constituye su propia dinámica.

Es en el filo de esta reflexión  que la obra de la artista Gina Arizpe (Ciudad de México 1972) opera, a un nivel descentralizado de los paradigmas de la producción artística y la figura propia del artista. Su activa colaboración a lo largo de trece años en el colectivo marcelaygina (Marcela Quiroga y Gina Arizpe)  fue un campo de cultivo óptimo para las estrategias artísticas  que actualmente orientan la dirección de sus proyectos: el estudio como un espacio de pensamiento desplazado hacia la calle y la exhibición de las acciones como intermediarias de las transacciones socio-estéticas que dejan un documento, un testimonio clave de los procesos de trabajo.

Partiendo de estos ejes, Arizpe ha realizado distintos proyectos en los que la conciencia de acción se convierte en el aglutinante. No se limita a comprender acción en tanto la ejecución corporal de distintos movimientos, sino como una toma de decisiones: en su proceso, la investigación documental, de campo y el trabajo implicado en la producción de objetos artísticos –si es que son necesarios- se encuentran en equilibrio.

Uno de los proyectos de Arizpe donde esto queda patente es “En la calle / cuerpo cubierto” (2013), acción realizada en diez tiempos en distintas calles de la ciudad de Los Ángeles, California y documentada mediante fotografías. La artista se sienta o acuesta sobre la acera a lo largo de un día, cubierta por una sábana blanca, reflexionado sobre “la desaparición del sujeto y la aparición de un objeto al ser transformado por la tela que lo cubre.”[1]

En la calle / cuerpo cubierto” (2013)

La imagen que resulta es contundente, considerando una sutil reminiscencia a las fotografías que acompañan los encabezados de los periódicos de Nota roja: género periodístico enfocado en historias relacionadas con violencia física involucrada con el crimen, accidentes y desastres naturales. A pesar de ser una acción relativamente discreta, pensar en el contexto de la imagen y su relación con los índices delictivos en una ciudad como la de México, por ejemplo, permite valorar el grado de banalización de la violencia, al grado de que se considera un aspecto cotidiano.

En este sentido, la acción  –o mejor dicho, la no-acción– realizada por la artista, funge como un vaso comunicante entre dos contextos con recepciones culturales distintas sobre la mortalidad y particularidades en torno a la adquisición y posesión de armas de fuego. Esto último es un factor determinante para que la aceptación de la muerte como un hecho políticamente correcto funcione como justificación de otras situaciones atroces.

Por otra parte, surge la pregunta respecto a los dispositivos de exhibición para una línea de trabajo como la de Gina Arizpe, concentrada en las acciones  ¿Qué tanto limita o permite la experimentación un formato de exposición como el cubo blanco? ¿Qué tan pertinente es la presencia objetual de los resultados generados por las acciones?  “Cultivo Social” (2016), exposición nacida de un cuestionamiento sobre el paisaje de Ciudad Juárez, Chihuahua -en relación al uso de suelo y su responsabilidad en la transformación del mismo- abre el panorama para preguntarse lo anterior.

La investigación entorno al campo de estudio, en palabras de la artista, surge a partir de una estancia en la ciudad y en la consideración del desarrollo económico y social de Ciudad Juárez, relacionado al cultivo de algodón, actividad económicamente destacada en el territorio hasta que en los años noventa, con la firma del tratado de libre comercio de América del Norte, cambio la vocación de la ciudad, pasando de la industria agraria a la maquila.

15317994_10154723473660070_7037258128869547473_nEsta exposición, compuesta por un conjunto de piezas resultado de una serie de jornadas laborales relacionadas con la recolección, limpia, cardo e hilado de algodón utilizadas para configurar una vista aérea de cierto cuadrante de Valle de Juárez, busca un cuestionamiento con la idea de trabajo abordada desde el campo del arte como una labor “productiva”  (la producción de hilo de algodón) dirigida hacia una dinámica de trabajo “improductiva” (la producción artística).

15420768_10154723438560070_2778862316940219485_nRetomando el aspecto del cubo blanco, Arizpe indaga sobre las modalidades de experimentación que ofrece este espacio: al ser un lugar ascético –simbólicamente hablando– la exposición que lo ocupa se vuelve un catalizador que produce un sentido, específicamente, una configuración de lo real a través de determinados objetos producto de una serie de acciones. Así, el cubo blanco deja de serlo para convertirse en un espacio específico: devenido de un entorno real, pero autónomo en su significado.

Gina Arizpe, en estos y otros proyectos –que se pueden consultar en su página web– deja patente el interés por desarticular la noción de la actividad del arte como un acto netamente performático o actuado. Por ejemplo, como ocurrió con las obras de la exposición “Cultivo social” la problematización teleológica de la acción realizada en dos campos laborales distintos –la maquilación de hilo de algodón y la producción de obras de arte- considera el trabajo realizado no como el encarnamiento superficial del otro: se llevó a cabo el trabajo hasta sus puntos más críticos, dibujados por la valoración funcional inmediata de una mercancía y sus aspectos estéticos desenterrados por la experiencia de un público dentro de un formato de exposición.

De este modo, la obra de Gina Arizpe propone una consideración de las acciones artísticas  que dista de los procedimientos y lugares comunes para la performance como disciplina estandarizada en la historia del arte: la praxis en su trabajo comparte raíces con otras disciplinas en tanto la valora como eje constitutivo de cualquier actividad. Sin acciones, sin una elección de por medio que conduzca el entendimiento y formalización poética de alguna problemática, independientemente de la disciplina con la que se decida trabajar, el arte no es arte.

Gina Arizpe (Ciudad de México 1972) formó parte por más de 13 años del colectivo regiomontano marcelaygina. La naturaleza sociopolítica de su obra se encuentra enmarcada por pensamientos acerca de la frontera, la migración y la exclusión, entre otros. En el año 2001 recibe el grado de Maestra en Artes por la Facultad de Artes Visuales de la UANL. Su obra se ha exhibido individual y colectivamente en diversos museos y centros culturales de México, Estados Unidos y Europa. Su trabajo ha sido objeto de reconocimientos como los premios de adquisición en Arte Emergente, Bienal Nacional Monterrey 2008 y de la Reseña de la Plástica de Nuevo León, 2006, ha sido acreedora de la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, CONACULTA en el año 2003, con el proyecto “We would like to answer a few question” y de la beca del Sistema Nacional de Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, CONACULTA emisión 2010 – 2013 con el proyecto “Facturas Sociales”. Recientemente premiada en la I Bienal de las Fronteras y obtuvo una Mención honorífica en la VII Bienal de Yucatán.

[1] http://www.ginaarizpe.com/en-la-calle-cuerpo-cubierto


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Reseña.Período de Documentación 2016-2017. MICROECONOMÍAS DEL ARTE

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About Author

Es un artista visual/ sonoro. En el 2016 concluyó el plan de estudios de la licenciatura en Artes Visuales, impartida en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido y España. Su trabajo es parte del acervo del Museo de la Ciudad de México. Es CEO de P-100: plataforma digital dedicada a la difusión de arte contemporáneo.

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