El concepto de cultura es profundamente reaccionario.
Félix Guattari, 1982.

¿Puede el arte postmexicano escapar a su pastiche TLCANista noventero, especialmente cuando se habla una vez más de espacios independientes —nociones territoriales y corporales— como plataformas de negociación, lanzamiento y visibilidad de un puñado de grupos, en un país azotado por la guerra no convencional calderonista y las reformas norteamericanas de Peña Nieto? ¿Podemos subvertir el espectro emocional contemporáneo que, obedeciendo el mandato global de diversión y turismo “críticos”, suele ir de lo cínico a lo depresivo, a la vez que avanza la degradación de los medios básicos para la vida? ¿Cómo expropiar o deconstruir la hiper-mercancía llamada CDMX cuya única función cuando hablamos de cultura parece ser la sublimación de la violencia circundante a través de soportes digitales interconectados y lubricados jerárquicamente por semio-corporaciones gringas?

Estas inquietudes guían la siguiente reflexión en dos entregas.

El enfoque macroeconómico oficialista es difícil de asir porque la corrupción posmoderna —despojada del interés puro y progresivo del Amo: la fantasía Occupy e indignada del 1%— exige agudizar y canalizar nuestros diagnósticos hacia un escepticismo institucional y tecnológico profundo. Leer dobles, triples, múltiples voluntades en cada movimiento y soporte físico de lo que reconocemos como Poder. Por otro lado, las categorías del estado encarnadas por la Ley son las de una lengua imperial y logocéntrica que desvaloriza, fractura y pone las bases simbólicas para la competencia entre las fuerzas (re)productivas y espirituales de nuestros colectivos y comunidades. Un buen ejemplo es el proyecto peñista de refundación de la Cultura, la Educación y la Ciencia como tres maquiladoras de verdades inconexas y ahistóricas, cuyos primeros experimentos han sido la creación de la SEC, la dolorosa aplicación de la reforma educativa y el buen manejo del déficit financiero del CONACYT.

Ahora veamos algunos datos del paquete presupuestario 2018 aprobado el pasado viernes 10 de noviembre por la Cámara de Diputados.

Primero, hay que leer entre líneas el recorte a la cultura. Aunque se estipula un aumento del 3% —488 millones más respecto de este año que fue de 15,255— esto responde a las predicciones de inflación para 2018 que, según Meade, sería precisamente del 3% (cifra rebatida por analistas del propio Banxico, quienes ubican la tasa en un 3.8%). En otras palabras, el gasto efectivo no sólo no aumenta, sino que se estanca o disminuye en el peor de los escenarios, lo cual refrenda la tendencia sexenal a la baja en materia de cultura: la administración de Peña arrancó con 16,663 y terminaría con 12,428 millones asignados al sector.

Lo interesante es contrastar estos números del gasto público con los del mercado. Según el INEGI, la cultura representó en 2016 el 3.3% del PIB, es decir 617,397 millones de pesos. El porcentaje no es extraordinario, aunque algunos tonos noticiosos puedan sonar triunfalistas, pues en 2015 fue incluso superior: 3.4%. La diferencia está en el incremento en la masa total y en las causas: existe una generación real de empleos y bienes culturales, sin embargo, sólo el 6% proviene del estado, sobre todo desde los rubros del patrimonio y la difusión. El resto —que incluye áreas estratégicas para el arte contemporáneo como el diseño, la comunicación y los medios visuales— es una aportación de la iniciativa privada.

Esto significa que, en efecto, circulan más bienes y servicios culturales pero no son para los mexicanos como tales sino para los poseedores de dinero, preferiblemente en tarjetas bancarias. Por eso creo que el turismo y las instituciones “sin fines de lucro” en sentido amplio —existencias “curadas” y gentrificación nómada—, y no el arte en cuanto tal, es la infraestructura básica de lo contemporáneo, dejando de lado las ideologías que los involucrados puedan tener. Generalmente, el límite de estas ideologías, aunque utilice palabras rimbombantes extraídas de teorías críticas, se halla en los derechos humanos, o sea en el discurso gubernamental de la ONU y de la OTAN para hacer culpables a ciertos bárbaros de su condicion, o bien, para decidir cuáles merecen ser redimidos tras su muerte (crisis-manegement-operation).

Desde esta ideología, es posible incluso fabricar e imponer verdades sobre pueblos enteros sin ensuciarse las manos, a partir de la apropiación de archivos, la extracción y el análisis de datos ajenos sobre una coyuntura. Hablo de Forensic Architecture. Hacia una estética investigativa, una muestra que continúa en el MUAC, y que pareciera aspirar a suplantar la razón gubernamental mexicana en su misión “modernizadora” contra las saberes locales, muchos de ellos separatistas y que rechazarían toda colaboración. Este enfoque liberal de la muerte desemboca no tanto en una “arqueología de la derrota”, lo cual implicaría mucha poesía, sino en una probadita de lo que sentiría Sherlock Holmes si fuese presidente de la ONU, o al menos la Comisión Europea —que financió la exposición—: sublimación biopolítica: regodeo del frío cálculo y reconstrucción del asesinato más salvaje e intrincado.

Pues bien, el porcentaje del PIB correspondiente al turismo y la filantropía contemporáneas son 8.7% y 3% respectivamente. Y según el mismo INEGI, casi el 50% de estas instituciones humanitarias —que no pagan impuestos— se dedica a “Cultura y recreación”. Un estudio que desglose cómo se desvían y gotean estas cantidades hacia los circuitos artísticos de México está por hacerse; permitiría avanzar en la medición de la tasa de explotación laboral inmaterial que los sustenta, y que las categorías del INEGI impiden enunciar.

Con un margen de impureza estatal del 6%, la cultura en México es un capitalismo restringido: reproduce, concentra y reparte el misterio o el aura cultural siguiendo una tendencia objetiva de exclusión. Fusiona, descompone y recompone capitales sociales —prestigio, fama, crédito, apellidos, popularidad— y económicos —propiedad privada— sin ningún tipo de regulación ni racionalidad jurídica. Las herramientas monopólicas de extractivismo y control afectivo, desde la militarización del internet durante los dosmil, son capaces por sí solas de generar simulacros masivos de autosuficiencia y autolegitimación, sin tejido social ni antagonismos. Sin embargo, la represión y el retorno de esta violencia estructural, la desigualdad, es fundamental para los fenómenos de mutación de los sujetos involucrados.

Uno de estos fenómenos es la interiorización libidinal de la violencia por parte de los trabajadores inmateriales como autoexplotación sádica, post-punk e incluso antropofágica; de cualquier modo, una hiper-erotización de la precariedad. Otro es el arte de la excrecencia contemporánea: de pronto nos convertimos en pepenadores y destapacaños, hallando valores de uso entre la basura y la mierda global, todo lo que el capitalismo restringido ha desechado. Si a veces nos identificamos con las misiones de Rick & Morty a través de las periferias galácticas es porque pueden leerse como el reverso de los circuitos del turismo y la filantropía mencionados, y en un nivel subjetivo, paradigmas de la autoexplotación de los trabajadores inmateriales clasificados como creativos.

A diferencia de las dos primeras temporadas donde el melodrama del macho alcohólico arrepentido (Rick) aún predominaba, durante la tercera la familia abraza el goce que les ofrece la posibilidad de socializar con alienígenas lumpen, muchos de ellos criminales, de matar o ser asesinado y resucitado o clonado o sustuitido por algún doble de otra dimensión. Asumen el desequilibrio emocional. En el episodio 6, después de recibir ovaciones y reverencias por derrotar a un villano, Rick y Morty regresan a su nave y se sueltan a llorar y gritar desesperadamente, no saben por qué siguen haciendo lo que hacen, no pueden más. Su conclusión es que necesitan vacaciones, autocuidados. Por supuesto, esto los lleva a una nueva aventura en la que analizan y lidian con las partes “tóxicas” o fascistas de su personalidad (la humillación de Morty introyectada en el despotismo fálico de Rick es la estructura del devenir fascista). Es decir, rompen con la narrativa vanguardista del anti-héroe y al mismo tiempo se piensan como trabajadores en proceso de recuperación.

En esta temporada, los nudos de la trama se vuelven posmodernos. Rick y Morty ya no desafían directamente al gobierno intergaláctico, sino que se encuentran —como nosotrxs— en una guerra civil total compuesta de veloces conflictos policéntricos entre pequeños y grandes capitales ilícitos, cada vez más inteligentes que los estados-planetarios. Es imposible instaurar soberanías y tradiciones duraderas, de ahí la secuencia interminable de estados de excepción y colapsos nerviosos. Cuando la creatividad se encuentra con la condición de supervivencia, el cerebro se cansa rápidamente, la crítica histórica y la simbolización son deficientes. La temporada 3 habla con más énfasis que las previas de blackouts autoinducidos, diversas mnemotecnias y drogas para la intervención de las facultades que dieron origen a las civilizaciones humanas —la fe, la empatía, la predicción, e.g.—, obligarlas a dar más de sí, excitarlas hasta donde sea posible.

Si esto es así, la caricatura no pertenecería exactamente al género ciencia ficción, sino al realismo mágico neoliberal, aunque no desde la visión del narcotráfico, sino desde las nuevas economías de servicios financieras personalizadas que fragmentan el valor de las cosas y de nuestro cerebro para invertirlo en un más allá, otro lugar donde supuestamente nos realizamos como individuos. La lengua del más allá es la lengua del proyecto, la única lengua con la que es posible pedir financiamiento. El arma inter-dimensional de Rick —su máximo invento— es un dispositivo que materializa los futuros que el cerebro podría manejar y la sociedad, tolerar a cambio de dinero en tanto proyectos. El proyecto “artístico”, “académico”, “cultural”, “curatorial”, etc., vincula el capital social y económico a la intimidad, la vida cotidiana y el inconciente de los trabajadores inmateriales. No es difícil imaginar a Rick enfrentándose a los cárteles del Solaris de Tarkovski para robarles un poco del precioso gas que metaboliza las imágenes mentales con el medio ambiente, sin tener que elaborar y someterse al propio proyecto. El acto terrorista de Rick, por el cual es perseguido, es la automatización de del proyecto, la liberación del trabajo de su paranoia, su prisa, el acceso a futuros no mediados por la lengua del más allá, que es la lengua de la Cultura tal como la ejerce el poder.

El desarrollo de la conciencia de clase creativa, si cabe hablar así, se da como la superación irónica de nuestro estrés postraumático entre proyectos/viajes, ironía sólo soportable en compañía de seres queridos y colaboradores, como sucede con los protagonistas de la serie. Bien visto, Rick & Morty es el nombre de un colectivo de rehabilitación, una introyección comunista. Después de todo, a medida que avanza el proyecto peñista de la refundación neoliberal de la Educación y la Ciencia en el México necropolítico, nos vemos obligados a intercambiar los roles de aprendiz y maestro, pero también el narrador especulativo por el inventor de nuevas armas, guaridas, naves, espacios separatistas y spas…

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About Author

Investigador independiente. Miembro del colectivo Arte y Trabajo BWEPS.

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