Para decepción de una gran mayoría, sobre todo de aquellos que miran en los pueblos asentados alrededor de la capital la fuente de toda verdad cultural y cosmogónica de cada sociedad-cultura precolombina, San Miguel de Allende, al nacer en 1542 –con el nombre de San Miguel el Grande, por fray Juan de San Miguel, recibiendo la denominación de ciudad el 8 de marzo de 1826[1]– y teniendo un papel como canalizador de distintas mercancías y nodo para los fundos mineros aledaños fundamental en el periodo post-independentista, poco puede ofrecer al deseo de encontrar raíces y marcar genealogías prehispánicas.

Subrayando su papel como ciudad de comercio, es arriesgado pero puntual señalar que su núcleo cultural se re-configura constantemente: nutrido de los inimaginables intercambios culturales realizados por personas de distintas partes de México y el mundo en el siglo XIX hasta las actuales estrategias de inversión inmobiliaria y turística alentada por un creciente grupo de norteamericanos residentes en la ciudad[2], San Miguel de Allende, a pesar de contar con la estética colonial en su arquitectura, se ha desenvuelto de un modo paralelo –y bajo procesos mucho más específicos– a lo que ocurrió con, por ejemplo, territorios clave del imperio azteca.

Esta condición histórica no es insulsa en absoluto para estudiar las situaciones vinculadas a la producción artística y la gestión cultural que se abren camino en el radar nacional e internacional: de hecho, es clave para analizar el abanico de opciones que se perfila en esta ciudad, cuya oferta artística y cultural compite con el legado de sitios como la Ciudad de México o Monterrey, focos comunes cuando se designa el arte de México a nivel país.

De antemano, de nuestra mente hay que sacudir cualquier perspectiva purista en torno a un arte o expresión cultural esencialmente mexicana: atender a tales líneas formales y temáticas es aceptar los programas políticos que vinieron después de la revolución mexicana, los cuales –hasta la fecha– no han hecho justicia a una realidad social que niega las circunstancias que añadió el periodo colonial al siglo XX y XXI, deviniendo en problemas de discriminación y una estratificación social y laboral invisible basada en la pigmentocracia[3]. En aras de constituir un pensamiento contextualizado con nuestros tiempos, es pertinente dejar a un lado la dicotomía entre español e indio[4]: tal conflicto interno, “latente en la sangre”, que fundamentó el pensamiento liberal en la independencia fue –y es– de igual manera un herramienta ideológica para alentar la lucha política.[5]

Con este planteamiento del legado colonial no se propone una aceptación ciega de los problemas que ha causado el neoliberalismo, en países neocoloniales[6] como México: aún si no existe una explotación directa de un país sobre él, es difícil pasar por alto la dependencia del mercado norteamericano y la presencia de empresas transnacionales que aprovechan los recursos naturales y humanos locales, reflejados en, por ejemplo, la explotación minera y la replicación del modelo de maquilas. Más bien, el reconocimiento de estas constantes económicas y políticas en los siglos anteriores, permite la identificación de situaciones históricas, por medio de las cuales es posible comprender de una manera integral, lo que ocurre en la actualidad, no como un fenómeno totalmente inédito contra el que aún no hay herramientas para analizarlo,  ni material para planear estrategias de acción.

Retomando el eje temático enfocado a la práctica artística en San Miguel de Allende, proyectos como Terri – to – reali – dades son útiles para comprender el contexto de la ciudad en una dinámica global, en la que la historia de las ciudades de los países post- o necoloniales es explotada únicamente desde la industria del turismo o la propaganda política oficial. Terri – to – reali – dades se plantea la narrativa de los cambios, construida a partir de la memoria individual de todos y cada uno de los habitantes, en un rango de edad variado. En este sentido, incursiona la estrategia de gestión cultural del Museo Insular, que permite la construcción de una escena artística al margen de la atención mediática que reciben las mecas artísticas, regularmente ubicadas en la capital mexicana.

Ahora, en un contexto global y local, esta ciudad del Bajío se cuestiona, por medio de los procesos y metodologías gestadas en el arte contemporáneo, su circunstancia, pero no desde la soledad de un estudio o la producción de objetos artísticos, sino a través de redes de colaboración presencial y en línea. Nos encontramos frente a una producción artística mexicana neoliberal que critica su propia condición neoliberal, a partir de sus tradiciones, cambios e historia canalizados en procesos artísticos contemporáneos.

Aquí, de nueva cuenta, hay que detenerse para acotar un punto. En este caso, ¿Qué tipo de producción simbólica es lo que se está denominando como arte? ¿Deberíamos sentir algún grado de vergüenza por no abalanzarnos sobre el pasado de ciertas tradiciones? Lo que quiero despejar de la producción artística que se genera en una ciudad como San Miguel de Allende, es el misticismo colonial o encasillamiento en torno a una falsa idea de “mexicanidad”: en el contexto global, hacerse de las herramientas formales y conceptuales de una trayectoria artística, para pensar el contexto propio tiene sus pros y sus contras; implora un examen riguroso sobre las consecuencias de aplicar una u otra estrategia. En este sentido, esperar una producción artística específica según el territorio es limitar las posibilidades de recepción y circulación: Es condicionar nuestra sensibilidad a percibir con una enorme cantidad prejuicios como interlocutores.

Quizá, para el conservadurismo del México precolombino, la práctica artística  que se desenvuelve en San Miguel de Allende dista de ser poco mexicana, pero en su condición sui generis, entre la memoria y el olvido de su línea de vida, ciertas prácticas artísticas emprenden la compleja tarea de enfrentar a este nuevo mundo interconectado. Una condición que, si bien a muchos de nosotros nos toma por sorpresa, no es algo tan inhóspito para la historia de esta ciudad.

 

____________

 

[1] http://www.cultura.gob.mx/turismocultural/destino_mes/guanajuato/sn-miguel.html

[2] San Miguel de Allende, el sueño mexicano de un ‘bunch of gringos’, Huffington Post  02/04/2017. Disponible en: http://www.huffingtonpost.com.mx/2017/04/02/san-miguel-de-allende-el-sueno-mexicano-de-un-bunch-of-gringos_a_22019122/

[3] El INEGI reveló nuestra pigmentocracia, Huffington Post  19/06/2017. Disponible en

http://www.huffingtonpost.com.mx/leo-peralta/el-inegi-revelo-nuestra-pigmentocracia_a_22488829/

[5] “La lucha entre indios y españoles “vive en nuestra sangre sin que alguno de los dos haya podido vencer” (Elsa Cecilia Frost citando a Héctor Pérez Martínez),convertida, al cabo de cuatro siglos, en interminable disputa entre indigenistas e hispanistas o entre liberales y conservadores, si es que se prefieren estos términos, ya que el debate en torno a la importancia de los elementos indígena y español ha sido en todo momento un debate político.”  Frost, Elsa Cecilia (1972) Las categorías de la cultura mexicana, 4ª edición –México, Fondo de Cultura Económica, 2009, Colección Biblioteca Universitaria de Bolsillo.

[6] En referencia al periodo económica y político de los estados en los que se dio el proceso de independencia, estudiado rigurosamente por el historiador Tulio Halperin Donghi en Historia contemporánea de América Latina; capítulo 4: surgimiento del Orden neocolonial

 

 


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Período de Documentación 2017-2018. LOS MEDIOS INESTABLES DEL ARTE EN LA HIPÉRBOLE NEOLIBERAL

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About Author

Es un artista visual/ sonoro. En el 2016 concluyó el plan de estudios de la licenciatura en Artes Visuales, impartida en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha participado en más de quince exposiciones colectivas y encuentros de arte sonoro en México, Reino Unido y España. Su trabajo es parte del acervo del Museo de la Ciudad de México. Es CEO de P-100: plataforma digital dedicada a la difusión de arte contemporáneo.

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