Las consecuencias del periodo histórico, conocido como República Centralista de México, producen en el presente, no sólo una forma de organización urbana, en la que toda la infrastructura –comercios, transporte, oportunidades laborales –  se desarrollan en base a un núcleo territorial, invariablemente, un centralismo ideológico. Hablando específicamente del campo profesional del arte,  del centro emanaban los cánones estéticos y académicos para el resto del país, al centro llegaba la información extranjera, que había de ser asimilada paulatinamente en los demás estados.

Esto fue patente en la historia del arte moderno de ciudades como Monterrey que, al carecer de “(…) instituciones que definieran un circuito de forma­ción, exposición y venta(a nivel local)” [1], dibujó el papel de las demarcaciones políticas aledañas al centro como  simples consumidores de estilos; ávidos de tendencias.

La constante comparación de centros y periferias, resulta  en situaciones contradictorias dentro de los contextos locales, produciendo la des-centralización que contemplamos actualmente, en lo que respecta a la producción artística que se desenvuelve lejos del centro del país, existen nodos emergentes, que ya no funcionan bajo el esquema centralista, sino que cada vez más, se fortalecen, contextos locales, que a su vez tienen sus particularidades que los identifican, por desarrollan  temáticas desde el entorno inmediato.

A partir de esta situación es como se articula Insular, proyecto que, a grandes rasgos, se define como un “breve museo del pensamiento crítico contemporáneo, una iniciativa independiente para la reflexión y la discusión de temas relevantes a nuestra sociedad por medio de la imagen, el lenguaje verbal y la escritura.”[2]

Planteado como un espacio físico –con sede en San Miguel de Allende– y virtual –mediante una página web– Insular toma su lejanía de la capital mexicana como una virtud, pues “al estar ubicado fuera de la ciudad de México o alguna otra de las -así llamadas- capitales culturales del mundo”[3], recobra una dimensión autónoma para plantear sus propios intereses artísticos, curatoriales y teóricos.

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Tal condición se refleja en su consejo curatorial, sui generis a nivel nacional, ya que se compone de cinco agentes de los que sólo uno –Danilo Filtrof– radica en San Miguel de Allende; los demás miembros – Ingrid Hernández, Mario García Rico, Adriana de la Rosa y Paulo Gutiérrez– radican en ciudades como Tijuana, Monterrey, Oaxaca y Guadalajara. Este peculiar modelo curatorial permite la configuración de nodos comunicativos que ofrecen una perspectiva del arte en México descentralizada, alimentada desde distintos puntos del país.

A través de una convocatoria trimestral abierta, en la que puede participar cualquier persona hispanohablante con un objeto, Insular nutre su oferta expositiva, más que de los objetos artísticos, de la discusión que puede detonar el objeto en turno encausado a terrenos como la política, la sociología o la cultura contemporánea, detonando una multiplicidad de relaciones propias entre cada individuo.

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Dentro de esta apertura curatorial, cabe señalar el empleo de la palabra objeto: si bien, a lo largo de la vida de Insular, se han presentado artistas, la participación abierta en la convocatoria, no implica la presentación de un objeto artístico; facturado, reflexionado y cargado con el espectro del autor. En este punto, la obra se vuelve el dispositivo que articula la reunión de distintos agentes para discutir el problema desde el que se ha curado el objeto. Aquí, vale la pena mencionar el caso de “¿Qué chingados es un museo?” (2016), instalación de neón cuyas consecuencias críticas se extendieron hasta siete meses después, en “La crítica desde las artes visuales” ciclo de exposiciones en el que participaron Assaf Farfán (León, Gto.)  Anghel Beltrán (Cd. de México), Antonio Chaurand Pichardo (SMA, Gto.), Carolina Berrocal (Guanajuato, Gto), Danilo Filtrof (SMA, Gto.),  Hugo Alegría (Guanajuato, Gto.) y Marcia Santos (Cd. Juárez, Chih.); creadores provenientes de distintos contextos y formaciones.

¿Qué chingados es un museo? Exhibición en Museo Insular. Objeto 02. (SMA. 07-09, 2016) El objeto fue construído al interior de un taller familiar en la ciudad de Querétaro que atiende a la demanda de anuncios luminosos para uso comercial. El encargo se hizo vía telefónica: Monterrey, NL – Querétaro, Qro. Se solicitó un neón con la leyenda “¿Qué chingados es un museo?” y el resto de los detalles necesarios para su realización fueron recomendaciones de los integrantes del taller contemplando las siguientes cuestiones: materiales con los que el taller contaba en ese momento; dimensiones que son comercialmente usuales por su legibilidad y movilidad; montaje del tubo de neón en un marco de aluminio para su instalación; entre otros detalles técnicos. El objeto se ha dispuesto para su exhibición tal cual fue entregado.

El proyecto mencionado anteriormente es clave para comprender la dinámica y necesidad de espacios como Insular: en la medida en que se “construyen” espacios para escribir una metanarrativa del arte mexicano fuera del centro, entendemos algunas complejidades no sólo de la producción artística per se, sino del circuito de consumo que permea la idiosincrasia en las agendas culturales: hoy en día, los grandes museos anuncian las figuras más importantes para la historia del arte, pero, no se trata de presentar lo más relevante de la obra de un artista consolidado, sino ver como en el fenómeno de lo local e inmediato,  generando el entramado de sentido que nos contextualice.

Con esto no se quiere decir, que se deba acabar con el Museo, pues ellos juegan un papel importante en el estudio y desarrollo de la crítica de nuestro tiempo, así como en la generación de la memoria cultural, pero poner en cuestión, que es lo que vemos en un museo, es de vital importancia para comprender la condición de “insularidad”. Simplemente, es un llamado a la exploración de otras iniciativas que suceden fuera del marco de la atención mediática. El arte no se acaba donde se hace más sensible la delimitación territorial del centro: es apenas el umbral que nos conecta a cientos de posibilidades de entender nuestra circunstancia histórica; un momento en el que La Capital se presenta como un mito decadente, del cual los estados circundantes se niegan a seguir siendo sus pasivas colonias culturales.

 

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[1] Ramírez Eduardo, “El triunfo de la cultura: uso político y económico de la cultura en Monterrey”, Fondo editorial de Nuevo león, UANL, 2009, pág. 98

 

[2] http://www.museoinsular.org/introduccion

[3] ibid.

 


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Período de Documentación 2017-2018. LOS MEDIOS INESTABLES DEL ARTE EN LA HIPÉRBOLE NEOLIBERAL

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