Las ciudades invisibles de Monterrey. Yasodari Sánchez

¿Es permisible considerar la ciudad como una entidad entera, perfectamente delimitada territorialmente? La respuesta si fuese afirmativa, sería un tanto inocente, ya que una ciudad no es algo de características esenciales, abstraídas de los individuos que viven aquí o allá: el panorama urbano nunca se encuentra estable; se recompone todo el tiempo y no precisamente por cuestiones que obedezcan a la experimentación arquitectónica, sino a las necesidades públicas y la valoración histórica que realizan los habitantes: estigma que los acompaña a todos lados, permitiéndoles contrastar y valorar sus lugares de origen. Tales circunstancias han sido tratadas de un modo poéticamente brillante por el escritor Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles, una recopilación de narraciones ficticias declamadas por Marco Polo a Kublai Kan, el último soberano del imperio mongol: en cada ciudad que el mercader veneciano describe empieza a quedar claro que, a pesar de las diferencias de gobierno y modos de vida que reconoce, nunca dejó de referirse a su propia ciudad mental, construida por su exploración en distintos lugares.

En el núcleo –si hay algo que se pueda denominar como tal– de las transformaciones urbanas, se encuentra la anexión de distintas perspectivas culturales, modos y expectativas de vida sobre un territorio, lo cual recombina su paisaje así como su población, poniendo en crisis aquella noción de identidad sobre la que se han erigido discursos políticos, tan sólo considerando el caso de México, a lo largo del siglo XX.

En este sentido, si dejamos de reconocer a las ciudades por sus construcciones y nos concentramos en la trama social que configuran sus habitantes, catalizada por la memoria y vivencias,  nos encontramos con una perspectiva más compleja que aquella representación configurada por los rascacielos o centros comerciales ¿Cómo adentrarse a la interpretación de una imagen que no tiene forma tangible?

Sin embargo, cuando nos referimos a esta informalidad urbana, no quiere decir que sea inescrutable como un problema de investigación o representación artística: sencillamente, la idea de identidad que está asociada a la ciudad se desbarata en cientos de miles de hebras; deja de existir un arquetipo para denotar el ensamblaje simbólico que es una ciudad.

Pero dejemos a un lado esta disertación intelectual para concentrarnos en lo que ocurre usualmente con esta disolución de una imagen identitaria: lejos de asociarse como una oportunidad para revitalizar las prácticas culturales asentadas en un territorio, la diferencia se considera un otro enemigo que detona un rechazo colectivo –en ocasiones de tinte violento– por parte de los habitantes nativos dirigido a aquellos que llegan de distintas partes del mundo para hacer o rehacer un proyecto de vida que, debido a condiciones económicas o políticas, no se pudo realizar en sus lugares-base.

Paulatinamente, la exclusión normalizada culmina en la  invisibilización de determinados grupos sociales; sofocando cualquier tipo de expresión cultural proveniente de barrios constituidos mayoritariamente por una minoría inmigrante. Existen en el mismo espacio, en el mismo tiempo de La  Ciudad, conformando una especie de ciudad(es) invisible(s), pero no invisible(s) en el sentido que planteaba Calvino, sino descartada(s) del relato oficial-político: en contraste con el enaltecimiento de una raíz cultural que se difunde mediáticamente y forma parte de las agendas políticas, se encuentran las poblaciones desconocidas para este Gran Ojo de la opinión pública. Es necesario mencionar nuevamente que el desplazamiento social vuelve más sensible la condición heterogénea de las ciudades, incapaces de lidiar con su propia inestabilidad identitaria.

Esta preocupación se puede advertir en el trabajo de Yasodari Sánchez (Monterrey, 1976-) artista visual egresada de la Universidad Nacional Autónoma de Nuevo León, cuya investigación indaga sobre Monterrey como una ciudad fronteriza: con un incremento paulatino de poblaciones conformadas por indígenas e inmigrantes sur- y centroamericanos, así como severos problemas de discriminación que la han posicionado como un foco rojo[1], la capital de Nuevo León presenta un contexto muy particular en un país como México, marcado por un antecedente colonial, confrontaciones derivadas de la estratificación en castas, y por el controvertido concepto de mestizaje.

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Sánchez ha dirigido su interés artístico por esta ciudad a partir de un reconocimiento inmediato de las situaciones que se presentan más allá del centro de la ciudad y de lo que la producción mediática valora como “Monterrey”: su investigación de campo no se posiciona estrictamente en una condición periférica, ya que tal postura significaría pensar de un modo binario la ciudad, cuando la realidad supera el establecimiento de una o dos perspectivas; existen tantas ciudades de Monterrey como existen individuos. No existen cabalmente ‘otros’ en la ciudad, pues eso sería reconocer una jerarquía[2] .

En este re-descubrimiento de la ciudad regia, la artista ha incorporado procesos creativos que, a pesar de devenir en piezas que se pueden presentar en espacios de exposición convencionales o festivales de video con amplio reconocimiento en Nuevo León, están relacionados simbióticamente a la comunicación y trabajo colaborativo con aquellos núcleos sociales que han pasado desapercibidos por  el esquema de identidad asociado con la ciudad de Monterrey: Así, la labor gestionada por Yasodari Sánchez busca visibilizar las circunstancias sociales de un grupo poco reconocido de la ciudad, como las mujeres migrantes asentadas en casas de reciente autoconstrucción.

En uno de sus proyectos, mediante entrevistas realizadas a ellas, Sánchez indagó en las condiciones de vida de este grupo de mujeres, ciertos antecedentes sobre su estancia en Monterrey y apuntó algunas constantes entre sus entrevistadas, como el embarazo a temprana edad. Posterior a ello, a partir del acopio de 164 playeras donadas por distintas personas, la artista colocó, con la técnica de stencil, 40 textos  de condiciones latentes tomadas de las entrevistas. Un ejemplo de esas leyendas es “yo quede embarazada a los 13 o a los 14”.

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Mostrada en una exposición, la relevancia de este proyecto, acorde a lo que comparte Sánchez [3], no se encuentra en el objeto producido por sí mismo, sino en el resultado social que tuvo a posteori: el público tomó libremente las playeras y portó en el pecho los relatos de las mujeres entrevistadas. Considerando las implicaciones de una galería como espacio para visibilizar determinados discursos, el proyecto gestionado por Sánchez y la acción del público hizo circular aquellos modos de vida que han sucedido lejos de la lupa del sentido común y han sido sofocados por la discriminación.

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Otro proyecto en el que Sánchez ha vertido mediáticamente el modus vivendi de los ciudadanos que son considerados como extranjeros de la dinámica regia es Ta Andu: Los que estamos aquí, un ensayo audiovisual co-dirigido por Ángela Chapa, en el que:

“…narra el éxodo de algunas comunidades indígenas en el estado con mayor discriminación en México: Nuevo León. Es un retrato de la condición del indígena urbano, y las formas de apropiación y resistencia de la urbe. Un síntoma de urgencia del indígena nacido en ciudad, con el patrimonio casi extraviado por la misma causa de migración: el trabajo. TA ANDU es una expresión mixteca incompleta, que puede traducirse como “los que estamos aquí”.[4]

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Nuevamente, la artista utiliza los canales de difusión para propiciar lo que ocurrió en el proyecto anteriormente descrito: Reproducido en el Festival Internacional de Cine de Monterrey, el documental permite visibilizar la vida cotidiana e historia de Elvira Maya Cruz, Jesusita Mendoza (Náhuatl), Isidro Ramírez (Otomí) y Eladio Ambrocio (Mixteco), quienes exploran el tema de “la generación de indígenas que llegaron a Monterrey en la década de los 90”, narrando su llegada a esta metrópoli y su experiencia viviendo en ella.[5]

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A manera de conclusión, una constante que podemos advertir en el trabajo realizado por Yasodari Sánchez, tanto en los  proyectos anteriormente citados como en otros, es  un perpetuo diálogo entre las historias no-oficiales y las implicaciones políticas de los medios para difundir un mensaje: la actividad de la artista es una infraestructura que posibilita el flujo de información. En ella, su condición individual relativa a determinados contextos rebasa el esquema estético del arte político para enfocarse en la ejecución misma; las acciones realizadas por cientos de miles de personas que nutren la sustancia social de lo que es hoy Monterrey actualmente representa la materia significativa del arte. A través de ese camino, las ciudades invisibles trascienden su forzado anonimato existencial y subrayan su presencia.

 

[1] http://www.milenio.com/region/Discriminacion-indigenas-persiste-NL-Monterrey-grupos-derechos-CNDH-marginacion_0_347365299.html

[2] http://grisgarcia.blogspot.mx/2013/08/entrevista-con-yasodari-sanchez.html

[3] ibid

[4] http://norte-monterrey.vlex.com.mx/vid/documentan-paso-migrantes-581163762

[5] http://elbueninvierno.tumblr.com/post/128137707706/rese%C3%B1a-ta-andu-los-que-estamos-aqu%C3%AD-yasodari

 


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Período de Documentación 2017-2018. LOS MEDIOS INESTABLES DEL ARTE EN LA HIPÉRBOLE NEOLIBERAL

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