“Era tan pretenciosa la seriedad que revelan los retratos antiguos, como pretenciosa es la obligada felicidad ante una cámara en el presente.”[1]

 

Sin un atisbo de error se ha reconocido en las imágenes de dos dimensiones – pintura y fotografía, para ser más preciso, los sistemas representativos por antonomasia–, la ventana ante la cual somos partícipes de un espectáculo desprendido de toda referencia con nuestro espacio/tiempo particular que, a lo sumo, se asemeja a nuestra realidad tan solo en el resultado mimético que percibimos, plasmado en bastidores o en papeles fotográficos.

Lo que advertimos en un espacio plano no es otra cosa excepto la organización visual propuesta por un individuo, en la que vemos únicamente un ejercicio de elecciones que atienden a una división de lo sensible, no una realidad. Es importante tener esto en mente aunque pueda parecer una obviedad, pues es común aceptar lo que se presenta ante nuestros ojos, sin preguntarse siquiera por lo que estaba alrededor de, por ejemplo, las peras y manzanas de Cézanne, o la fisonomía, vestimentas y semblante del rey Felipe IV y Mariana de Austria en Las Meninas de Velázquez, figuras apenas sugeridas al fondo y sólo como reflejos.

Si bien la reflexión comienza gracias a la curiosidad que nos detona lo que sentimos, es igualmente válido alimentar nuestras dudas con lo que no percibimos: aquello que nos hace cuestionar cuán veraz es la imagen representada; si no estamos, más bien, ante un simulacro más. La añoranza por lo que está fuera de la cuadrícula de composición, lo que se encuentra fuera de foco podría ser la respuesta a nuestra sed de verdad.

“El uso de la sonrisa en el marketing político ha sido sobreexplotada, es perversa, tiene un lado oculto, un reverso con propósitos persuasivos.”[2]

El proyecto “Los infelices” (Expuesto en Proyectos Showroom, San Miguel de Allende 12/2015) del artista Ivan Puig es una reflexión sobre lo inadvertible implícito en lo visible, de la cultura visual del marketing, o la publicidad de las campañas políticas. A través de una colección de sonrisas de políticos que ha coleccionado.

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Evidentemente, a lo largo de nuestra vida, nos hemos encontrado expuestos a cientos de imágenes o jingles con temática política los cuales, a  riesgo de ser poco flexible con el pensamiento de otras personas sobre tales métodos publicitarios, muestran una imagen poco real: la sonrisa, la pose, el slogan anclado en la eterna promesa de la estabilidad, los ‘baños’ de pueblo[3], por mencionar casos de un largo etcétera, no abandonan el esquema de representación in abstracto que subyace en cientos de retratos políticos, cuyo propósito es enmarcar para las futuras generaciones un precedente de solemnidad con el que será recordada X época. Es difícil predecir el futuro de las imágenes de campaña colocadas en espectaculares, folletos y camiones de transporte colectivo en relación a la historia artística de la representación de los personajes políticos, pero, algo que parece que será un estándar para los años que vienen, es el hecho de que la idealización de las personas en el poder no menguará.

A lo largo de diez años, Ivan Puig ha reunido una colección de cientos de sonrisas de políticos en campaña. Acorde a la descripción general del proyecto, “su revisión ofende y conduce al hastío más indigesto. Repulsivo cuando cotejamos esos amables rostros con el resultado de sus acciones: la abusiva (di)gestión de ‘lo público’[4]. Si a través de las décadas la única sonrisa que había figurado como digna de descodificación era la de La Gioconda de Leonardo Da Vinci, Puig atiende a un contexto menos cobijado por el aura, sin por ello atraer la condescendencia de los distintos públicos. ¿A qué le sonríen los candidatos en todas esas fotografías y spots televisivos? ¿A sus posibles futuros gobernados o al porvenir abundante que le espera si logra su cometido?[5]

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Pero esto sólo es el umbral de las problemáticas derivadas del contenido simbólico que compone el proyecto de Puig: las referencias a los lobos con piel de oveja, los políticos sonrientes, no son una novedad; ejemplos abundan en la literatura –de la pluma de George Orwell– o en la música popular con Pink Floyd. Escudriñando el empleo artístico de estos motivos ya explorados y explotados en otras iniciativas de una manera poco afortunada ¿Cuál puede ser la particularidad de ‘Los infelices’?

La hipótesis radica en el gesto mismo que el artista retoma: la sonrisa. Pero no la sonrisa en relación a todo el conjunto de órganos que conforman el rostro; no es la sonrisa soportada por la bandera de un partido político como telón de fondo; ni la mueca como una característica humana. En la recopilación de Puig, la sonrisa circula como un signo en sí mismo, que se vuelve inquietante o extraño en la medida en que empezamos a visualizarlo con todas sus sutiles propiedades, distantes del esquema “J”: la forma de los caninos que se muestran bajo los labios, su resequedad, la exposición fichada dentro del formato de un catálogo, brinda una perspectiva diferente que pasa desapercibida –irónicamente, ante nuestros ojos– cuando la campaña de marketing es omitida. Sabemos lo que hay fuera del marco del que fue recortada la imagen de la sonrisa, pero, en ella, nuestras dudas sobre las intenciones reales del sonriente crecen en proporción con la distancia entre las comisuras de la boca.

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Sin embargo, algo destacable de ésta obra de Puig es la aceptación de los límites: el trabajo formal no ofrecerá todas las respuestas. En tanto asunto público, el debate en torno a los problemas políticos visibilizados a través de la obra será efectivo si hay un interés colectivo en torno. De este modo, fue celebrado, como actividad paralela al proyecto, el Conversatorio Arte y política. ‘Desmantelar la sonrisa’ (12/2015), moderado por Jesusa Rodríguez y coordinado por Cecilia Garibi, partiendo de la premisa de que “Los Infelices’ resulta una provocación a pensar ‘lo político[6], teniendo como propósito reflexionar públicamente sobre “las estrategias de persuasión que la clase política ha desarrollado, para garantizar su permanencia en las esferas en las que se ejerce el poder y cómo podemos resistir a ellas”[7].

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‘Los infelices’ es una muestra en la que queda patente el interés interdisciplinario del cuerpo de obra de Iván Puig: sin perder de vista la tradición e historia que permean su proceso creativo, el artista desarrolla un posicionamiento propio frente a un contexto simbólico de la política; aquel en el que se desenvuelve la difusión de imágenes que, aún con la evidente carga de manipulación digital e ideológica, se pretenden exhibir de la manera más natural posible, sin darse cuenta que lo más característico de la política –especialmente, en las campañas electorales– es la ilusión de su pretendida condición democrática.

 

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[1] Cédula introductorio de ‘Los infelices’ , de Ivan Puig, disponible en: http://www.proyectoshowroom.com/losinfelices

[2] ibid.

[3] Considero que esta imagen y breve contextualización representa de una manera clara el concepto:  http://www.elfinanciero.com.mx/fotogalerias/banos-de-pueblo.html

[4] http://www.proyectoshowroom.com/losinfelices

[5]ibid.

[6] http://www.proyectoshowroom.com/losinfelices

[7] ibid.

 


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Período de Documentación 2017-2018. LOS MEDIOS INESTABLES DEL ARTE EN LA HIPÉRBOLE NEOLIBERAL

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